jueves, 10 de diciembre de 2009

La guerra contra nosotros

En el último Proceso, del 6 de diciembre del 2009, hay un artículo que me impresionó especialmente. Si bien hay varios que tocan temas interesantes (el estatuto de la izquierda, los problemas de los programas sociales y su relación con el narcotráfico, la nota principal “Calderón apostó por el suicidio”, etc.) encontré uno que realmente me hizo pensar en un tema que jamás había reflexionado. En la sección de Palabra del lector, Samuel Lara, General Brigadier retirado, realiza una buena reflexión sobre la guerra contra el narco vista desde el ejército, en especial desde el soldado de tropa.

Esto me hizo pensar sobre la guerra contra el narco y las terribles consecuencias que ha traído a la nación, y las todavía más terribles que puede traer. El Universal habla de los más de 7 mil muertos testigos de la guerra (guerra que es entre el ejército y los carteles y entre los carteles mismos); el promedio diario de homicidios es de 21.3. El número quizá no diga mucho, pero si lo ponemos en proporción nos damos cuenta de la magnitud: han muerto suficientes personas como para llenar el teatro metropólitan más de dos veces tan solo en lo que va del año (quizá no parezca mucho pero es porque no sabemos darle un rostro a cada una de esas personas).

Sin embargo, y sin anhelo de entrar al tema de la guerra contra el narco en general, me parece importante retomar unas palabras de Samuel Lara: “(…) nunca podremos permitir que el Ejército deje de ser del pueblo para que mandos aristocráticos pretendan obligar a la tropa a apuntar las armas contra sus hermanos de clase: campesinos, obreros, estudiantes, empleados, tianguistas, amas de casa, burócratas, vendedores ambulantes, choferes, gente procedente de su mismo estrato social.”

Uno de los temas fundamentales de la guerra contra el narco es, a mi parecer, la idea de mandar al ejército a enfrentarse con sus conciudadanos (por criminales que puedan ser). La función del ejército parece no ser esa, parece ser un abuso y nos habla de la incapacidad (y no sólo de este gobierno sino del gobierno mexicano desde hace ya mucho tiempo) de imponer un estado de derecho que nos permitiera no declararnos la guerra.

El título mismo de la guerra intenta dar cuenta de esta situación: “La guerra contra el crimen organizado (o narco, o narcotráfico o de cualquier otro modo que se quiera plantear)”. La despersonalización del enemigo, pensándolo no como una entidad, sino como un fenómeno, intenta despistarnos del hecho fundamental, que no estoy seguro que sea eludible, de que la guerra declarada es en contra de nosotros mismos. ¿Cuántas personas en nuestro país se encuentran dentro del crimen organizado?, ¿por qué han entrado a esa vida? Si bien no me parece justificable que lo hayan hecho, no debemos engañarnos de que la labor que hemos exigido de nuestras fuerzas armadas (y hablo de nosotros pues, nos guste o no, estamos en el mismo barco) es, por decir lo menos, innoble… quizá sólo más noble que el “fenómeno” contra el que están peleando.

viernes, 10 de julio de 2009

CONSUMIDORES RESPONSABLES

"El país de las mentiras donde la mayor parte de los productos que consumimos están manchados de sangre…"
POR VALERIA ESPAÑA
La última campaña publicitaria en México de la segunda empresa refresquera más grande del mundo no solo resulta absurda sino que tiene un objetivo perturbador que busca incentivar el individualismo extremo entre los jóvenes consumidores.."Toma PEPSI y crea tu propia fundación".Muestra al joven egoísta e indiferente, sordo a los estímulos del mundo exterior, al joven superficial irresponsable y parasito del caldo de cultivo en el que se desarrolla, vulnerable y débil frente a los retos que el mundo le plantea.Habla de la gente desamparada, de las especies en extinción, de los eventos sociales y las niñas desprotegidas con una ligereza y –despreocupación que francamente insulta directamente a todas las Organizaciones que día a día trabajan por erradicar problemas de dimensiones tales que no deben subestimarse en ningún momento.Y es así, que en la situación que vivimos actualmente es inadmisible subestimar los problemas que nos rodean . El poder de los medios de comunicación es tal que exige una corresponsabilidad de las mismas dimensiones que su alcance , tiene el potencial de transmitir y difundir mensajes profundos que influyan directamente en la forma en que se articula hoy por hoy la sociedad, sin embargo también tienen el potencial de ser los cómplices perfectos de una sociedad envilecida por el consumo y la indiferencia extrema.La campaña de la que estamos hablando sin duda alguna deja mucho que desear, involucrando a cada uno de los actores que contribuyeron directa o indirectamente en su creación. Desde los creativos que la idearon, pasando por las áreas de comunicación que dieron el visto bueno para que fuera la cara de la campaña..Sin embargo de este análisis se deriva también el papel que juega el consumidor, ya que si a pesar de diferir con las políticas de una empresa u oponerse directamente en su forma de ejecutar dichas políticas no existe una manifestación de abstención por parte del consumidor como mecanismo de protesta, terminamos siendo cómplices de la empresa. Consumiendo sus productos avalamos su cinismo y contribuimos a que crezcan grandes imperios que no hacen más que corporativizar a la sociedad…Las reglas del juego la ponemos nosotros los consumidores, la verdadera forma de hacer a una empresa socialmente responsable, más que pagar una membresía para ser parte del club ESR, se determina con el desprecio del consumidor frente a las actividades empresariales irresponsables. En la medida que ejerzamos responsablemente nuestro papel de consumidores lograremos un cambio insospechado en las empresas …

viernes, 26 de junio de 2009

¿Si les firmo ante notario que puedo volar votan por mi?

La propuesta de exigir a los candidatos que firmen ante notario sus propuestas de campaña cumple con un espíritu recto y una buena intención; sin embargo es, como muchas de las propuestas que intentan hacer un cambio en el país, ineficiente y, en el mejor de los casos, incompleta (por no decir torpe).

¿Por qué exigir a los candidatos que firmen sus propuestas de campaña ante notario? Porque no les creemos; porque prometen y prometen y sólo cumplen el compromiso tácito, y por todos tolerado, de hacer un mal trabajo y llenarse los bolsillos con dinero del erario (en la mayoría de los casos al menos, pues seguro habrá algún representante público honesto… si lo conocen díganme). ¿De qué sirve que firmen compromisos de campaña ante notario? De nada.

El compromiso notarial lo único que logrará será hacer las veces de panfleto de campaña, para el cual desembolsarán grandes sumas de dinero pues los notarios no son baratos, mediante el cual, al terminar sus vacaciones de servidores públicos, les podremos decir: “Oye, no cumpliste. ¿Ahora cómo le hacemos?” y nos responderán: “Hazle como quieras, me comprometí a cumplir, no me comprometía que si no cumplía pasaba algo. Perdón, no se pudo y ya.”

Así es, el compromiso no sirve de nada, más que por el gasto y la ilusión, si no incluye consecuencias sobre el incumplimiento. Si no es así, ¿por qué todos los candidatos corren por su notario?, si tuviera algún poder coercitivo ese compromiso, ¿harían lo mismo?

Mientras la poca reflexión abunde en la sociedad, y se sienta contenta con placebos, la exigencia a la clase política seguirá siendo la de hoy… nula.

lunes, 1 de junio de 2009

¿Anular el voto? eso es pura mie...

El debate actual sobre el derecho y obligación a votar me parece que se encuentra perdido en imprecisiones. En muchos foros de opinión se encuentra cómo es que algunos intelectuales encuentran en el abstencionismo, el “voto en blanco” o la anulación una poderosa herramienta de denuncia política: “Hagamos de nuestro voto una herramienta de opinión y de denuncia para que los partidos políticos se den cuenta de que deben mejorar, que como mexicanos merecemos mucho más en todos los sentidos.” Esta idea me parece fundamentalmente equivocada. El voto, en su función radical, no es una herramienta de opinión, es, más bien, el medio por el cual los ciudadanos imponen su voluntad de acuerdo a ciertas opciones establecidas.

El espacio público, entendido como cualquier espacio real o virtual, en donde formulamos opinión pública respecto de temas de interés en la agenda nacional no debe encontrarse en una boleta electoral. Hacer eso equivale, a mi parecer, a desperdiciar el voto. Si procuramos votar como un simple medio de expresión, estamos aceptando que nuestro voto no implica dominio sobre el destino del país. Si esto es así recomendaría, sin lugar a dudas, mejor no votar. ¿Para qué votar si puedo, de igual modo, hacer una manifestación que cumplirá con los mismos fines (y probablemente de modo mucho más eficaz)? No nos engañemos, el voto cumple una función y anularlo o hacer cualquier otro tipo de malabar con él equivale al más profundo abstencionismo. Si lo que buscamos es expresar una opinión, hagámoslo en los foros adecuados. Si lo que queremos es ejercer nuestra voluntad como pueblo soberano, hagámoslo mediante las opciones posibles existentes. Si las opciones no nos agradan, exijamos a nuestros futuros diputados y senadores que cambien las reglas del juego; después de todo para eso van a entrar. Si no las quieren cambiar, cambiemos el voto por otro partido para el siguiente periodo hasta que alguno escuche las demandas que hacemos.

Otro malentendido que encuentro común respecto al voto es la idea de que si decides no votar no tienes derecho a exigir a tu gobierno. Esta falacia común, muy empleada desde hace muchos años, y no exclusiva de nuestra incipiente democracia, no tiene sustento alguno. La rendición de cuentas no responde al nombramiento directo del puesto pues, independientemente de si fui o no a votar, al aceptar el cargo de la autoridad del servidor, mediante pago de impuestos y apego a la ley, estoy consintiendo, implícitamente, al contrato social en el cual se supone que el gobernante está ahí con la labor de satisfacer ciertas necesidades sociales. Si el voto fuera condición para ser ciudadano, y en ese sentido fuera no un derecho sino una obligación, entonces, en efecto, no podría opinar a menos de que votara pero, como esto no es así pues somos una sociedad libre, el abstencionismo no implica ser un mal ciudadano; es más, me parece que es una buena expresión de ciudadanía no votar si no estás seguro de por quién debes de hacerlo. Votar por votar no es contribuir a la creación de un Estado sano; votar por votar es un ejercicio incongruente con los valores mismos de la democracia, la cual exige que aquellos que decidan sean personas interesadas, informadas y preocupadas por el bienestar de todos.

¿Qué hacer entonces cuando ninguna de las opciones te dejan satisfecho?, ¿por quién votar si ningún candidato parece estar calificado para llevar a cabo la tarea? Creo que la mejor opción, en estos casos, es aplicar el voto “útil”; votemos por el menos peor pues siempre, en todas las ocasiones, cuando hay más de una opción, habrá alguna más deseable que otra (a menos que sean absolutamente idénticas, lo que las haría, de fondo, la misma).

viernes, 15 de mayo de 2009

De izquierdas y derechas

Pensar en izquierdas y derechas es muy complicado hoy en día. Normalmente la derecha, tachada de neoliberal, lo es sólo en un sentido económico pero no político; y en el sentido económico realmente tiende a apoyar formulas preestablecidas que promueven la existencia de monopolios y controles pero no políticas que realmente apoyen la libre competencia. Las izquierdas recalcitrantes presumen ser defensores de las libertades políticas, niegan la libertad de mercado pero en realidad tampoco creen en la libertad del individuo; se nota en su enajenamiento de masas que busca deshacerse de las posturas realmente “diferentes” (no me refiero a las minorías sino a aquellas posturas contrarias a su imaginario político).

Izquierda y derecha, liberales y “socialistas”, son simplemente etiquetas que no se mantienen de hecho hoy en día. El análisis de la política, en especial la mexicana, me parece que debe ser referida a cada caso. El mexicano es sui generis, hemos procurado siempre tomar propuestas externas, mexicanizarlas, y tenemos un producto totalmente distinto y único. Un producto en donde la “izquierda” cita a Benito Juárez, uno de los mayores representantes del liberalismo en la historia de nuestro país y, probablemente, del mundo; un producto en donde los liberales quieren “guanajuatizar” al país (idea totalmente contraria al liberalismo pues, independientemente de si Guanajuato es el mejor lugar de México, supone la homogeneización de la sociedad).

Me parece que cada partido es absolutamente único, un manojo de contradicciones que lucha por imponer una postura que tiende a ser poco incluyente. Dentro de los partidos se dejan ver oposiciones fundamentales, comprensiones distintas de su fundamento y eso, en buena medida, es porque no entienden lo que es ser liberal, conservador, socialista o social-demócrata. El político mexicano parece más bien forjado en su experiencia personal que en el estudio. Es difícil comprender quién soy si no se lo que significa la etiqueta bajo la cual me defino. Por supuesto no todos los políticos participan de este tipo de males, los hay estudiosos y comprometidos, lamentablemente parecen no ser la mayoría.

Cuando se mencionan los nombres de AMLO o Ebrard unidos a la izquierda no me queda más que preguntar: ¿de qué izquierda estamos hablando? Cuando el “yunque” es tachado de neoliberal yo me pregunto: ¿qué tipo de libertades defienden?

No quiero afirmar determinantemente que AMLO o Ebrard no sean izquierda, tampoco que el “yunque” no sea neoliberal, más bien a lo que me refiero es a: ¿la izquierda mexicana, así como el neoliberalismo de nuestro país, es análogo a las corrientes que así se definen en otros países?

Si somos capaces, como de hecho creo que ha sido hecho, de cambiar el contenido del concepto de izquierda, derecha, neoliberal o conservador, ¿por qué no llamarles simplemente de otro modo? ¿Tal vez a la izquierda podríamos llamarles simplemente siniestros?… pero entonces, ¿qué nombre le damos a los diestros?

viernes, 24 de abril de 2009

Reflexiones sobre la discusión del aborto, no del aborto

El tema del aborto en nuestro país ha generado polarización social. O se está a favor o se está en contra, la indiferencia no es un lugar común de los mexicanos, al menos no respecto de este punto. Independientemente de cual sea mi opinión respecto al aborto hay al menos un par de temas que me parecen interesantes: (i) la oposición entre elección y la vida y, (ii) la exigencia social por apartar a la iglesia de la vida política.

Sobre el primer punto me gustaría decir, brevemente, que libre elección y el respeto a la vida no son conceptos contrarios bajo ningún marco. Proabortistas dicen que defienden la elección de la mujer a abortar dentro de las primeras 12 semanas; en este sentido parece considerarse que dichos grupos no respetan la vida. En una sociedad libre y democrática la libertad de determinación es fundamental, uno de los valores que rigen todo el actuar social y que debe de defenderse hasta las últimas consecuencias, sin embargo la vida tiene un valor igual de importante. Es imposible pensar en cualquier autor liberal que considerara la libertad más importante que la vida, así como la vida más importante que la libertad. El pleno desarrollo de la vida supone la libertad y no se puede ser libre sin vida. La diferencia, en este punto, entre proabortistas y antiabortistas, se encuentra, en mi opinión, en el momento en que se considera el surgimiento de una vida humana. Decir lo anterior y decir que proabortistas no respetan la vida son cosas muy distintas. De igual modo, decir que antiabortistas no respetan el derecho de elección de una mujer embarazada por no permitir el “asesinato” de un individuo sería, igualmente, un error. Nadie puede esperar que el derecho de elegir de una persona esté por encima de mi derecho a vivir, mientras dicha elección no se refiera a la conservación de su propia vida (eso es ya otro asunto).

La polarización social que surge respecto de una etiqueta equivocada, para las dos partes igual de injusta, es radical. Los proabortistas piensan que cualquier liberal tiene que compartir sus ideas, caso contrario estamos hablando de un conservador, ese concepto es falso; de igual modo, algunos antiabortistas creen que quien no piensa como ellos no respeta la vida humana (lo que puede ser, en realidad, es que no compartan su idea de la concepción de la vida humana, pero eso es otro asunto y de mayores sutilezas).

En ese sentido puede haber un liberal antiabortista y un conservador proabortista; un defensor de la libre elección que considere el aborto un exceso en el ejercicio de su libertad, así como un defensor de la vida que no reconoce en el aborto un crimen.

El segundo punto, que supone que la iglesia no tiene derecho, no se diga a participar, sino a opinar respecto a temas de la agenda nacional, me parece aun más incomprensible. Bajo la bandera de progresistas y liberales algunos grupos censuran a miembros de nuestra sociedad a participar en la construcción de un marco de derecho que los regirá, eso me parece una profunda contradicción. No hay peor intolerancia que la que se hace bajo bandera de respeto a otras opiniones. Lo anterior me recuerda a una película, “Austin Powers y Goldmember” (creo que ese es su nombre), en donde el papá de Austin le dice: “Hay dos cosas que no soporto en este mundo: las personas intolerantes con la cultura de otras personas, y los holandeses.” Quizá alguno de estos “liberales “ podría decir: “Hay dos cosas que no soporto: las personas que limitan la expresión política de los ciudadanos, y la expresión política de ciudadanos católicos.”

Sacerdotes y seculares católicos son ciudadanos y tienen derecho a participar como individuos e incluso, en el caso de los segundos, de agruparse y decir cuanto les venga en gana al modo como lo hacen antiabortistas por ejemplo. Si bien es cierto que ministros tienen algunas restricciones por ley, cosa que todos esperamos que cumplan si quieren poder exigir sus derechos, nada supone que no puedan hablar sobre propuestas de ley (porque de leyes establecidas no lo pueden hacer) en foros públicos.

Me parece que algunas actitudes de grupos “anti-iglesia” podrían ser resumidos en: “Libertad de opinión para todos, menos para los que me lleven la contraria.”

jueves, 2 de abril de 2009

En el futbol como en la vida...

La realidad es que no soy futobolero, a menos que juegue México. El día de ayer me sucedió algo extraño, a mí y a muchos otros mexicanos, sufrimos una profunda desilusión al ver derrotada a nuestra selección. No escribiré sobre futbol, no hay necesidad de revivir momentos desagradables que nos hacen ir a la cama de mal humor -al menos ese fue mi caso-. Sin embargo, creo que este partido de futbol reflejó mucho de lo que implica ser mexicano en estos días.

Para empezar, como siempre, llegamos sintiéndonos superiores a nuestros vecinos del sur, hablando de Centroamérica por supuesto porque más al sur estamos un tanto más acomplejados. Cuando nos vimos en aprietos jugamos con el corazón, no con la cabeza. Todos corrían como cabras desbocadas y se hizo un perfecto desmadre (como cuando el río se sale de su cauce). El ímpetu se convirtió en frustración y repudio a la autoridad; empezaron las patadas y la incredulidad de que nos marcaran infracciones: ¿cómo me marcas falta si el otro güey metió gol sólo porque metió la mano? Perdimos calientes y con poca honra, jugamos como si el llano estuviera en llamas y no como verdaderos profesionales.

En los comentaristas, hablando de Martinolli, Campos, Luis García y demás, se notaba una profunda esperanza al comienzo del complemento; esperanza que se convirtió en confusión, incredulidad, frustración y resignación. Cuando todo terminó sólo quedó el enojo, la sensación de que nos dañamos solititos y que tanta habladuría sobre nuestra supuesta superioridad se quedó tan sólo en eso (aunque me parece que en lo individual en realidad si somos superiores a los hondureños -hablando estrictamente de futbol-).

Un nuevo día y es momento de buscar culpables. El impulso natural del mexicano de buscar respuestas fuera de su patria, trayendo un extranjero que sabe mucho de futbol europeo, se convirtió en una especie de rencor de sabernos engañados: ¡no llegó el salvador de afuera!

¿Quién puede pensar en el poco profesionalismo de nuestros jugadores cuando el tal Erickson nos falló? ¿Qué más da que no pudiéramos ver si su estrategia funcionaba -pues el tri no se sentía como que hacía mucho caso, en especial en los últimos 30 minutos- cuando probamos el amargo sabor de la derrota?

Si cambiamos el escenario, y no pensamos en futbol, esta escena no parece tan única: “salimos a luchar por nuestros objetivos, hacemos menos al de enfrente burlándonos, buscamos siempre un salvador con una varita que haga que todo esté mejor; un momento, las cosas no están saliendo como pensábamos, empezamos a enojarnos, dejamos de pensar y le metemos más víscera al asunto, nos quejamos de las autoridades pues nos chingaron, iniciamos con la quema del ídolo de barro porque el muy infeliz nos defraudó y terminamos con un buen: ¡Viva México cabrones!”

Por cierto, México perdió contra Honduras 3-1.

martes, 31 de marzo de 2009

Hablemos de México. Del México con equis, la cruza genésica de esos dos palos disímiles. De ese México que se levanta todas las mañanas con el peso de la injusticia. Un país que se define a sí mismo como ingobernable, con un presidente “electo” por el 36.38 % de la población; un país dividido en el que las Instituciones son estandartes de mezquindad que ondean sobre la corrupción y la indiferencia. Aunque muchos no entiendan, la situación actual del país es el resultado del clasismo anquilosado que sobrevive desde la Colonia…traemos a cuestas un pueblo oprimido que constituye más del 50% de la población, sin saber, que esta sediento de justicia, de tranquilidad.

Sin embargo, la pobreza no oprime a todos. Tan es así que podemos recorrer colonias residenciales, avenidas con autos de lujo, Universidades, si es que lo son, repletas de jóvenes y académicos sordos a los estímulos del mundo exterior. Que sin saber, sin siquiera comprender que son tan mexicanos como los pobladores de los asentamientos marginales que los rodean, siguen ignorando los enormes retos por hacer.
Desde el Norte del País hasta la Península de Yucatán, los estados son parte del feudalismo postmoderno, que cumple los caprichos de la clase gobernante, donde los nacidos para perder siguen perdiendo.

Pero, ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir? Ante un panorama tan poco favorable es fácil darse por vencido. Empecemos ahora, que nuestras opciones de vida no sigan dando pie a los grandes vicios de nuestro país: desde que nos levantamos cambiemos esta realidad, en nuestros distintos campos de acción vivamos la congruencia que significa hacer de este un país mejor, estudiando, trabajando, denunciando la injusticia y haciendo algo por erradicarla. Buscando la excelencia en los detalles podemos extender y contagiar al resto las ganas de hacer las cosas bien. Tan simple como eso, eso necesita México, eso necesitamos los mexicanos.

Paternalismo

Hace no mucho tiempo me encontré con una entrada en un blog que criticaba el paternalismo. No podría estar más de acuerdo, lo que subyace a una postura paternalista es la idea de que los individuos son incapaces de decidir por sí; en ese sentido son menos humanos (si consideramos que un rasgo esencial en el ser humano es la capacidad de obrar libremente) que aquellos que consideramos que tienen esa posibilidad. Uno de los más grandes males del paternalismo me parece que es la generación y fortalecimiento de lazos de dependencia que, en el mediano y largo plazo, generan inutilidad. Obligamos a alguien a que reciba lo que consideramos que es mejor, independientemente si él piensa que es, efectivamente, lo mejor. Su habilidad de decidir está truncada y puede generar hábitos que hagan de esta conducta un estado normal.

Quitando todo tipo de etiquetas, quien piense que las personas son incapaces de reconocer sus necesidades me parece que sufre al menos de dos males: (i) pensar que no todos somos iguales y (ii) creer que él pertenece al grupo privilegiado. No faltará, por supuesto, el “progresista” que diga: “no pienso que seamos esencialmente distintos, sólo que las oportunidades que hemos tenido en nuestra vida nos hacen más o menos competentes para decidir sobre nuestras condiciones”. Este tipo de argumento me parece, en el mejor de los casos, insostenible: ¿quién nos puede garantizar que la persona que supone tal cosa está capacitada para decidir sobre su vida (eso sin decir sobre la vida de los demás)? Si bien la “auto-referencialidad” como prueba de falta argumentativa me parece un recurso pobre, en este caso se muestra poderoso.

La realidad es que un adulto tiene capacidad de deliberar sobre lo que es mejor o peor para él en cada caso concreto. Si en realidad pensáramos que el paternalismo es necesario tendríamos que replantearnos el sistema democrático. Si alguien no puede decidir sobre su propia vida, ¿por qué habría de decidir sobre el rumbo de la sociedad? Despojemos entonces a aquellos que no pueden decidir en qué gastar sus recursos del derecho de voto y participación ciudadana; que la sociedad la lleven sólo aquellos que consideramos capaces de hacerlo (y no me refiero a servidores públicos en cuanto tal, sino a ciudadanos).

El problema del paternalismo es que se esconde a la mirada pública y, a veces, es complicado de observar. Este es el caso de la mentada, al principio del texto, entrada del blog. Una fuerte crítica al programa de “Oportunidades”, que me parece poco fundamentada. Mencionaba que el “gobierno papá” regalaba el dinero a las personas para que continuaran siendo dependientes. No conozco el programa a fondo, he conocido beneficiarios y he visto algunos de sus reportes de resultados, y puedo decir que “Oportunidades” no me parece paternalista. En el programa se da la opción a los ciudadanos a realizar algunas acciones que serán recompensadas con dinero (becas, en el sentido más propio, cuando es referida a los estudios y, en sentido lato, cuando es simplemente por asistir al médico).

¿Por qué no lo considero paternalista? Muy simple, las personas escogen si quieren ser partícipes del programa y, una vez que participan, deciden qué demonios quieren hacer con su dinero. Por supuesto muchos dirán que sigue siendo paternalista en cierto sentido, después de todo se les da dinero por una actividad que normalmente no es remunerada. A eso respondería, si estamos profundamente en contra del paternalismo, en todos sus modos, cualquier proyecto social debería de terminar pues, de fondo, en todos subyace un dejo de proteccionismo. El problema no es el buscar ayudar, el problema es no dejar decidr.