El debate actual sobre el derecho y obligación a votar me parece que se encuentra perdido en imprecisiones. En muchos foros de opinión se encuentra cómo es que algunos intelectuales encuentran en el abstencionismo, el “voto en blanco” o la anulación una poderosa herramienta de denuncia política: “Hagamos de nuestro voto una herramienta de opinión y de denuncia para que los partidos políticos se den cuenta de que deben mejorar, que como mexicanos merecemos mucho más en todos los sentidos.” Esta idea me parece fundamentalmente equivocada. El voto, en su función radical, no es una herramienta de opinión, es, más bien, el medio por el cual los ciudadanos imponen su voluntad de acuerdo a ciertas opciones establecidas.
El espacio público, entendido como cualquier espacio real o virtual, en donde formulamos opinión pública respecto de temas de interés en la agenda nacional no debe encontrarse en una boleta electoral. Hacer eso equivale, a mi parecer, a desperdiciar el voto. Si procuramos votar como un simple medio de expresión, estamos aceptando que nuestro voto no implica dominio sobre el destino del país. Si esto es así recomendaría, sin lugar a dudas, mejor no votar. ¿Para qué votar si puedo, de igual modo, hacer una manifestación que cumplirá con los mismos fines (y probablemente de modo mucho más eficaz)? No nos engañemos, el voto cumple una función y anularlo o hacer cualquier otro tipo de malabar con él equivale al más profundo abstencionismo. Si lo que buscamos es expresar una opinión, hagámoslo en los foros adecuados. Si lo que queremos es ejercer nuestra voluntad como pueblo soberano, hagámoslo mediante las opciones posibles existentes. Si las opciones no nos agradan, exijamos a nuestros futuros diputados y senadores que cambien las reglas del juego; después de todo para eso van a entrar. Si no las quieren cambiar, cambiemos el voto por otro partido para el siguiente periodo hasta que alguno escuche las demandas que hacemos.
Otro malentendido que encuentro común respecto al voto es la idea de que si decides no votar no tienes derecho a exigir a tu gobierno. Esta falacia común, muy empleada desde hace muchos años, y no exclusiva de nuestra incipiente democracia, no tiene sustento alguno. La rendición de cuentas no responde al nombramiento directo del puesto pues, independientemente de si fui o no a votar, al aceptar el cargo de la autoridad del servidor, mediante pago de impuestos y apego a la ley, estoy consintiendo, implícitamente, al contrato social en el cual se supone que el gobernante está ahí con la labor de satisfacer ciertas necesidades sociales. Si el voto fuera condición para ser ciudadano, y en ese sentido fuera no un derecho sino una obligación, entonces, en efecto, no podría opinar a menos de que votara pero, como esto no es así pues somos una sociedad libre, el abstencionismo no implica ser un mal ciudadano; es más, me parece que es una buena expresión de ciudadanía no votar si no estás seguro de por quién debes de hacerlo. Votar por votar no es contribuir a la creación de un Estado sano; votar por votar es un ejercicio incongruente con los valores mismos de la democracia, la cual exige que aquellos que decidan sean personas interesadas, informadas y preocupadas por el bienestar de todos.
¿Qué hacer entonces cuando ninguna de las opciones te dejan satisfecho?, ¿por quién votar si ningún candidato parece estar calificado para llevar a cabo la tarea? Creo que la mejor opción, en estos casos, es aplicar el voto “útil”; votemos por el menos peor pues siempre, en todas las ocasiones, cuando hay más de una opción, habrá alguna más deseable que otra (a menos que sean absolutamente idénticas, lo que las haría, de fondo, la misma).
Dime con quién andas y te diré... ¡estás despedido!
Hace 16 años

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