jueves, 10 de diciembre de 2009

La guerra contra nosotros

En el último Proceso, del 6 de diciembre del 2009, hay un artículo que me impresionó especialmente. Si bien hay varios que tocan temas interesantes (el estatuto de la izquierda, los problemas de los programas sociales y su relación con el narcotráfico, la nota principal “Calderón apostó por el suicidio”, etc.) encontré uno que realmente me hizo pensar en un tema que jamás había reflexionado. En la sección de Palabra del lector, Samuel Lara, General Brigadier retirado, realiza una buena reflexión sobre la guerra contra el narco vista desde el ejército, en especial desde el soldado de tropa.

Esto me hizo pensar sobre la guerra contra el narco y las terribles consecuencias que ha traído a la nación, y las todavía más terribles que puede traer. El Universal habla de los más de 7 mil muertos testigos de la guerra (guerra que es entre el ejército y los carteles y entre los carteles mismos); el promedio diario de homicidios es de 21.3. El número quizá no diga mucho, pero si lo ponemos en proporción nos damos cuenta de la magnitud: han muerto suficientes personas como para llenar el teatro metropólitan más de dos veces tan solo en lo que va del año (quizá no parezca mucho pero es porque no sabemos darle un rostro a cada una de esas personas).

Sin embargo, y sin anhelo de entrar al tema de la guerra contra el narco en general, me parece importante retomar unas palabras de Samuel Lara: “(…) nunca podremos permitir que el Ejército deje de ser del pueblo para que mandos aristocráticos pretendan obligar a la tropa a apuntar las armas contra sus hermanos de clase: campesinos, obreros, estudiantes, empleados, tianguistas, amas de casa, burócratas, vendedores ambulantes, choferes, gente procedente de su mismo estrato social.”

Uno de los temas fundamentales de la guerra contra el narco es, a mi parecer, la idea de mandar al ejército a enfrentarse con sus conciudadanos (por criminales que puedan ser). La función del ejército parece no ser esa, parece ser un abuso y nos habla de la incapacidad (y no sólo de este gobierno sino del gobierno mexicano desde hace ya mucho tiempo) de imponer un estado de derecho que nos permitiera no declararnos la guerra.

El título mismo de la guerra intenta dar cuenta de esta situación: “La guerra contra el crimen organizado (o narco, o narcotráfico o de cualquier otro modo que se quiera plantear)”. La despersonalización del enemigo, pensándolo no como una entidad, sino como un fenómeno, intenta despistarnos del hecho fundamental, que no estoy seguro que sea eludible, de que la guerra declarada es en contra de nosotros mismos. ¿Cuántas personas en nuestro país se encuentran dentro del crimen organizado?, ¿por qué han entrado a esa vida? Si bien no me parece justificable que lo hayan hecho, no debemos engañarnos de que la labor que hemos exigido de nuestras fuerzas armadas (y hablo de nosotros pues, nos guste o no, estamos en el mismo barco) es, por decir lo menos, innoble… quizá sólo más noble que el “fenómeno” contra el que están peleando.

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