Hace no mucho tiempo me encontré con una entrada en un blog que criticaba el paternalismo. No podría estar más de acuerdo, lo que subyace a una postura paternalista es la idea de que los individuos son incapaces de decidir por sí; en ese sentido son menos humanos (si consideramos que un rasgo esencial en el ser humano es la capacidad de obrar libremente) que aquellos que consideramos que tienen esa posibilidad. Uno de los más grandes males del paternalismo me parece que es la generación y fortalecimiento de lazos de dependencia que, en el mediano y largo plazo, generan inutilidad. Obligamos a alguien a que reciba lo que consideramos que es mejor, independientemente si él piensa que es, efectivamente, lo mejor. Su habilidad de decidir está truncada y puede generar hábitos que hagan de esta conducta un estado normal.
Quitando todo tipo de etiquetas, quien piense que las personas son incapaces de reconocer sus necesidades me parece que sufre al menos de dos males: (i) pensar que no todos somos iguales y (ii) creer que él pertenece al grupo privilegiado. No faltará, por supuesto, el “progresista” que diga: “no pienso que seamos esencialmente distintos, sólo que las oportunidades que hemos tenido en nuestra vida nos hacen más o menos competentes para decidir sobre nuestras condiciones”. Este tipo de argumento me parece, en el mejor de los casos, insostenible: ¿quién nos puede garantizar que la persona que supone tal cosa está capacitada para decidir sobre su vida (eso sin decir sobre la vida de los demás)? Si bien la “auto-referencialidad” como prueba de falta argumentativa me parece un recurso pobre, en este caso se muestra poderoso.
La realidad es que un adulto tiene capacidad de deliberar sobre lo que es mejor o peor para él en cada caso concreto. Si en realidad pensáramos que el paternalismo es necesario tendríamos que replantearnos el sistema democrático. Si alguien no puede decidir sobre su propia vida, ¿por qué habría de decidir sobre el rumbo de la sociedad? Despojemos entonces a aquellos que no pueden decidir en qué gastar sus recursos del derecho de voto y participación ciudadana; que la sociedad la lleven sólo aquellos que consideramos capaces de hacerlo (y no me refiero a servidores públicos en cuanto tal, sino a ciudadanos).
El problema del paternalismo es que se esconde a la mirada pública y, a veces, es complicado de observar. Este es el caso de la mentada, al principio del texto, entrada del blog. Una fuerte crítica al programa de “Oportunidades”, que me parece poco fundamentada. Mencionaba que el “gobierno papá” regalaba el dinero a las personas para que continuaran siendo dependientes. No conozco el programa a fondo, he conocido beneficiarios y he visto algunos de sus reportes de resultados, y puedo decir que “Oportunidades” no me parece paternalista. En el programa se da la opción a los ciudadanos a realizar algunas acciones que serán recompensadas con dinero (becas, en el sentido más propio, cuando es referida a los estudios y, en sentido lato, cuando es simplemente por asistir al médico).
¿Por qué no lo considero paternalista? Muy simple, las personas escogen si quieren ser partícipes del programa y, una vez que participan, deciden qué demonios quieren hacer con su dinero. Por supuesto muchos dirán que sigue siendo paternalista en cierto sentido, después de todo se les da dinero por una actividad que normalmente no es remunerada. A eso respondería, si estamos profundamente en contra del paternalismo, en todos sus modos, cualquier proyecto social debería de terminar pues, de fondo, en todos subyace un dejo de proteccionismo. El problema no es el buscar ayudar, el problema es no dejar decidr.
Dime con quién andas y te diré... ¡estás despedido!
Hace 16 años

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