viernes, 24 de abril de 2009

Reflexiones sobre la discusión del aborto, no del aborto

El tema del aborto en nuestro país ha generado polarización social. O se está a favor o se está en contra, la indiferencia no es un lugar común de los mexicanos, al menos no respecto de este punto. Independientemente de cual sea mi opinión respecto al aborto hay al menos un par de temas que me parecen interesantes: (i) la oposición entre elección y la vida y, (ii) la exigencia social por apartar a la iglesia de la vida política.

Sobre el primer punto me gustaría decir, brevemente, que libre elección y el respeto a la vida no son conceptos contrarios bajo ningún marco. Proabortistas dicen que defienden la elección de la mujer a abortar dentro de las primeras 12 semanas; en este sentido parece considerarse que dichos grupos no respetan la vida. En una sociedad libre y democrática la libertad de determinación es fundamental, uno de los valores que rigen todo el actuar social y que debe de defenderse hasta las últimas consecuencias, sin embargo la vida tiene un valor igual de importante. Es imposible pensar en cualquier autor liberal que considerara la libertad más importante que la vida, así como la vida más importante que la libertad. El pleno desarrollo de la vida supone la libertad y no se puede ser libre sin vida. La diferencia, en este punto, entre proabortistas y antiabortistas, se encuentra, en mi opinión, en el momento en que se considera el surgimiento de una vida humana. Decir lo anterior y decir que proabortistas no respetan la vida son cosas muy distintas. De igual modo, decir que antiabortistas no respetan el derecho de elección de una mujer embarazada por no permitir el “asesinato” de un individuo sería, igualmente, un error. Nadie puede esperar que el derecho de elegir de una persona esté por encima de mi derecho a vivir, mientras dicha elección no se refiera a la conservación de su propia vida (eso es ya otro asunto).

La polarización social que surge respecto de una etiqueta equivocada, para las dos partes igual de injusta, es radical. Los proabortistas piensan que cualquier liberal tiene que compartir sus ideas, caso contrario estamos hablando de un conservador, ese concepto es falso; de igual modo, algunos antiabortistas creen que quien no piensa como ellos no respeta la vida humana (lo que puede ser, en realidad, es que no compartan su idea de la concepción de la vida humana, pero eso es otro asunto y de mayores sutilezas).

En ese sentido puede haber un liberal antiabortista y un conservador proabortista; un defensor de la libre elección que considere el aborto un exceso en el ejercicio de su libertad, así como un defensor de la vida que no reconoce en el aborto un crimen.

El segundo punto, que supone que la iglesia no tiene derecho, no se diga a participar, sino a opinar respecto a temas de la agenda nacional, me parece aun más incomprensible. Bajo la bandera de progresistas y liberales algunos grupos censuran a miembros de nuestra sociedad a participar en la construcción de un marco de derecho que los regirá, eso me parece una profunda contradicción. No hay peor intolerancia que la que se hace bajo bandera de respeto a otras opiniones. Lo anterior me recuerda a una película, “Austin Powers y Goldmember” (creo que ese es su nombre), en donde el papá de Austin le dice: “Hay dos cosas que no soporto en este mundo: las personas intolerantes con la cultura de otras personas, y los holandeses.” Quizá alguno de estos “liberales “ podría decir: “Hay dos cosas que no soporto: las personas que limitan la expresión política de los ciudadanos, y la expresión política de ciudadanos católicos.”

Sacerdotes y seculares católicos son ciudadanos y tienen derecho a participar como individuos e incluso, en el caso de los segundos, de agruparse y decir cuanto les venga en gana al modo como lo hacen antiabortistas por ejemplo. Si bien es cierto que ministros tienen algunas restricciones por ley, cosa que todos esperamos que cumplan si quieren poder exigir sus derechos, nada supone que no puedan hablar sobre propuestas de ley (porque de leyes establecidas no lo pueden hacer) en foros públicos.

Me parece que algunas actitudes de grupos “anti-iglesia” podrían ser resumidos en: “Libertad de opinión para todos, menos para los que me lleven la contraria.”

jueves, 2 de abril de 2009

En el futbol como en la vida...

La realidad es que no soy futobolero, a menos que juegue México. El día de ayer me sucedió algo extraño, a mí y a muchos otros mexicanos, sufrimos una profunda desilusión al ver derrotada a nuestra selección. No escribiré sobre futbol, no hay necesidad de revivir momentos desagradables que nos hacen ir a la cama de mal humor -al menos ese fue mi caso-. Sin embargo, creo que este partido de futbol reflejó mucho de lo que implica ser mexicano en estos días.

Para empezar, como siempre, llegamos sintiéndonos superiores a nuestros vecinos del sur, hablando de Centroamérica por supuesto porque más al sur estamos un tanto más acomplejados. Cuando nos vimos en aprietos jugamos con el corazón, no con la cabeza. Todos corrían como cabras desbocadas y se hizo un perfecto desmadre (como cuando el río se sale de su cauce). El ímpetu se convirtió en frustración y repudio a la autoridad; empezaron las patadas y la incredulidad de que nos marcaran infracciones: ¿cómo me marcas falta si el otro güey metió gol sólo porque metió la mano? Perdimos calientes y con poca honra, jugamos como si el llano estuviera en llamas y no como verdaderos profesionales.

En los comentaristas, hablando de Martinolli, Campos, Luis García y demás, se notaba una profunda esperanza al comienzo del complemento; esperanza que se convirtió en confusión, incredulidad, frustración y resignación. Cuando todo terminó sólo quedó el enojo, la sensación de que nos dañamos solititos y que tanta habladuría sobre nuestra supuesta superioridad se quedó tan sólo en eso (aunque me parece que en lo individual en realidad si somos superiores a los hondureños -hablando estrictamente de futbol-).

Un nuevo día y es momento de buscar culpables. El impulso natural del mexicano de buscar respuestas fuera de su patria, trayendo un extranjero que sabe mucho de futbol europeo, se convirtió en una especie de rencor de sabernos engañados: ¡no llegó el salvador de afuera!

¿Quién puede pensar en el poco profesionalismo de nuestros jugadores cuando el tal Erickson nos falló? ¿Qué más da que no pudiéramos ver si su estrategia funcionaba -pues el tri no se sentía como que hacía mucho caso, en especial en los últimos 30 minutos- cuando probamos el amargo sabor de la derrota?

Si cambiamos el escenario, y no pensamos en futbol, esta escena no parece tan única: “salimos a luchar por nuestros objetivos, hacemos menos al de enfrente burlándonos, buscamos siempre un salvador con una varita que haga que todo esté mejor; un momento, las cosas no están saliendo como pensábamos, empezamos a enojarnos, dejamos de pensar y le metemos más víscera al asunto, nos quejamos de las autoridades pues nos chingaron, iniciamos con la quema del ídolo de barro porque el muy infeliz nos defraudó y terminamos con un buen: ¡Viva México cabrones!”

Por cierto, México perdió contra Honduras 3-1.